Prólogo

Normalmente los prólogos los escriben personajes famosos. En este caso, los autores han decidido que lo haga un medio famoso. Yo soy medio famoso. Les explico de qué se trata, porque seguro que conocen lo que es un famoso y lo que es un «no famoso», pero el concepto «medio famoso» requiere una breve explicación, incluso con un ejemplo práctico.

Supongamos que un grupo de jóvenes comprometidos, con su ropa guay y sus pintas de creer en la justicia social, se cruza conmigo. Uno de ellos me reconoce, y exclama: «¡Es Facu Díaz, el de La Tuerka!». Ese chico incluso se alegra de verme, y se acerca a saludarme. En ese momento, me doy cuenta de que sus amigos no me conocen. Él también se percata, y procede a explicarles quién soy. Les juro que para mí, ese rato en el que ese joven intenta convencer a sus amigos de que deberían conocerme, es de lo más humillante que hay. Supongo que de eso se trata ser medio famoso, soy conocido nivel portero suplente de Segunda B.

Los chicos de Selfie Radio Show me caen mal. No por ellos (parecen buenas personas, incluso alguno de ellos parece limpio), pero me dan envidia. No existe la envidia sana… O, al menos, yo nunca he envidiado a nadie de manera sana. Si le tengo envidia a alguien es porque querría tener lo que tiene o hacer lo que hace, y en el caso de Selfie a mí me gustaría hacer lo que hacen, porque tener no creo que tengan mucho.

Siempre me escriben agradecidos cuando voy a su programa, como si les hubiera hecho un favor, pero lo que no saben ellos es que la cosa es al revés. El favor me lo hacen ellos a mí. A mí me encanta la radio, me flipa. Me gusta tanto que una vez llegué a decir en clase de guión que yo quería trabajar en la radio. Estudié en una escuela de cine, así que podrán imaginarse hasta dónde llegaron las carcajadas. La radio tiene la libertad que no tiene la televisión, donde estoy atrapado ahora. En la radio puedes hacer tu programa tomándote un café o un ron del Mercadona (como los autores de este libro), puedes olvidarte de comprar atrezzo, de iluminar, del chroma, del clima, del sindiós que supone grabar vídeos.

La radio es libertad total para crear, y eso lo aprovecha estupendamente quien sabe crear con pocos recursos. Se me ocurre incluso una frase repelente y podemita: «La radio democratiza la creación», porque son voces, y voz tenemos todos (o casi todos). A partir de ahí, de tu capacidad dependerá que el contenido funcione o no.

En ese sentido, a ellos les ha salido bien lo que a mí me salió mal: hacer radio. Hice podcasts con poco éxito, y cuando llamé a las puertas de una radio local, intentaron timarme. Junto a un viejo amigo, y un referente para mí, Javier Ramos, me reuní con el director de una radio local que tenía unas instalaciones fantásticas: estudios impecables, redacción cerca de casa… Lo tenía todo, y claro, para el director de la radio, eso tenía un precio. Querían hacernos pagar 500 euros al mes por emitir nuestro propio programa. Pagar por trabajar, el sueño de Albert Rivera. Marchamos de aquel edificio tan ilusionados con hacer nuestro programa en una radio de verdad que, hasta unas semanas después, no nos dimos cuenta del despropósito que nos planteaba aquel señor bañado en colonia barata.

Cualquiera que quiera dedicarse a la comunicación lo tiene muy jodido para trabajarse un currículum, así que la única manera de demostrar que uno sabe comunicar es comunicando. Eso sólo lo sabemos quienes hemos arrancado proyectos con nuestras manos, y rodeados, eso sí, de amigos. Y se nota cuando uno trabaja con amigos, claro que se nota.

También envidio a los muchachos de Selfie porque noto cada vez que hablo con ellos una dedicación y una ilusión tremenda por su trabajo, cosa que estamos condenados a olvidar quienes trabajamos de lunes a viernes en una oficina fabricando contenido como si fuera una cadena de montaje que no puede frenarse. Posiblemente lleven más años que yo en esto, así que sólo me queda pensar que se drogan fuerte y barato. Qué demonios, son valencianos: está claro que es así.

Ahora se atreven con un libro en el que aparecemos muchas de las personas que fuimos drogadas, amenazadas, e incluso apaleadas, para acercarnos a la «selfiología», que no es más que el nombre con el que han bautizado a su secta. Una secta de risas, de sátira y de mofa de lo que sucede a su alrededor. Nadie me cae mejor que aquellos que se atreven a banalizarlo todo, empezando por reírse sin complejos de uno mismo. Ellos lo tienen fácil, son unos buenos personajes.

En Selfie Radio Show hacen comedia, y hacer comedia con la que está cayendo es de psicópatas. No creo que sean ustedes capaces de encontrar a alguien que se dedique a la comedia y que les parezca una persona cuerda, porque no la hay. Y en este libro se darán cuenta de ello, si es que todavía no han tenido oportunidad de confirmar esa información. Desde el yogur de melocotón hasta la batalla entre las dos Coreas, cualquier cosa puede ser utilizada para hacer comedia si el autor consigue que el receptor se convierta en un psicópata durante un ratito. En las siguientes páginas, después del prólogo del medio famoso, hay una amplia recopilación de salvajadas que garantizan carcajadas a todo aquel que no esté muerto o vegetal. Siéntanse psicópatas.

 

Facu Díaz